Esta es una receta absolutamente simple, una especie de capricho de cena individual, que requiere solamente tener un aguacate y una lata de navajas. El resultado es una ensalada de emergencia total, un apaño para un apretón culinario, un vis-á-vis en la cocina en un momento de necesidad, provocado por la lubricidad del marisco, aunque sea enlatado cual preservativo, y el calor tropical del aguacate, verde, carnoso, sensual. Sexo del bueno en la cocina, para decirlo de una vez, sin rodeos.
Tomar un aguacate en sazón (esto es, ni muy maduro, que tórnase negro, ni verde, que esté tan duro que sea incomible; ha de estar suavemente blando al tocarlo con la mano. El color de la corteza no es dato fundamental); abrir por la mitad y sacar el hueso, y luego la carne con ayuda de una cuchara sopera, rebañando a ras de la cáscara. Colocar en un plato llano y cortar en rodajas.
Abrir una lata (¡perdón, perdón!) de navajas, y colocarlas ordenadamente junto a los aguacates. Salar. En un vaso, exprimir medio limón -ojo con retirar a las pepitas- y completar con un chorrito o, lo que es lo mismo, un par de cucharadas de aceite de oliva. Batir con un tenedor hasta que se ligue (ha de quedar una vinagreta de un hermoso color amarillo dorado). Salsear la ensalada, y servir. A la mesa: aquí te pillo, aquí te mato.
28.4.09
