(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.
Al contrario que la depresión, forma virulenta y destructiva de la melancolía, ésta es potencialmente creativa; establece un desasosiego fértil, que llama al melancólico a expresarse por un medio u otro, normalmente como intento artístico. Así, en su versión más común, que es la melancolía amorosa, el enamorado se esfuerza en manifestar al mundo su doliente situación, y uno sospecha que también con el objetivo llamar la atención del amado con la esperanza de conseguir su unión. “¿Adónde te escondiste,/amado, y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste,/ habiéndome herido;/ salí tras ti, clamando, y eras ido”, se lamentaba melancólicamente Juan de la Cruz; pero luego:”Pastores, los que fuerdes/ allá, por las majadas, al otero,/ si por ventura vierdes/ aquél que yo más quiero,/ decidle que adolezco, peno y muero”; se les pide a los pastores que den el recado, por si acaso.
Hay autores que parecen permanentemente querer permanecer en estado melancólico, habida cuenta de la capacidad creativa del mismo. Uno piensa que esto está bien siempre que no abuse uno de la dosis y caiga en la desolación, como la llamaba Ignacio de Loyola. También habrá de tener buen cuidado el creador en mantener presentes los motivos de la melancolía para no perder el estado de gracia creativo. Por ejemplo, es de esperar que si el melancólico amoroso completase su unión, pasaría a ser un cursi risueño que escribe poesía al amor y las bondades del mundo, con lo que seguramente perdería todo interés(3). O, por poner otro ejemplo, al tipo melancólico existencialista, más le vale no recuperar la fe a riesgo de pasar de ser un Sartre a ser un franciscano encantador(4). El melancólico enamorado, mejor enamórese de una mujer casada y lejana, o que sea imposible de conseguir, como hizo el sagaz Don Quijote con Dulcinea.
Si el lector ha llegado este punto, cosa que uno duda, le cabrá preguntarse qué tiene que ver la melancolía con la ciencia culinaria. Fácilmente se explicará este extremo recurriendo, de nuevo, a un literato y no a un gastrónomo. Fue Proust el que convocó a la melancolía, en forma de recuerdos, al olor de una madalena por la mañana en su Busca del Tiempo Perdido. Y es que los olores, mucho más que los sabores, tienen la virtud de evocar nostálgicamente el pasado, de forma que no será extraño oler algo (sin identificar aún qué) y que a uno le sobrevengan sensaciones placenteras; también al revés, un aroma determinado, heredero de pasados agravios, puede llenar el alma de bilis negra sin causa aparente. Vale de ejemplo entrar en una panadería donde estén horneando el pan para, quizá, recobrar los recuerdos de otros tiempos à la Proust; vale pasearse por un pueblo en invierno y sentir el olor a leña quemada en las chimeneas; vale encontrarse con alguien que usa el mismo perfume que otra persona, a la que quizá conocimos y tal vez amamos, pero que perdimos; todos estos olores nos llevan a los arrabales de la melancolía, porque no siempre reflejan lo que tuvimos, sino lo que quisimos tener y no conseguimos; o también lo que ahora es ya demasiado tarde para recobrar, porque inevitablemente se ha ido.
31.1.09
(2) JUARISTI, J. “El bucle melancólico”, Austral, 1997
(3) una opción en tal tesitura sería casarse con el amado, con lo cual al cabo de un breve período se volvería al estado melancólico, aunque en este caso el riesgo de caer en depresión es mucho mayor.
(4) con todo respeto a los franciscanos encantadores.

